martes, 12 de mayo de 2009

miércoles


Fue un vigilante nocturno quien encontró a los amantes dormidos y abrazados entre el barullo de telas del vestido de la novia.
Estaban en una de las salas del Museo Guggenheim de Bilbao, y según los jóvenes habían pasado allí toda la noche.

Por su parte, los vigilantes nocturnos, sumamente indignados, no podían más que negar la evidencia.

Lo cierto es que no llegó a saberse con exactitud cómo entraron, y cómo fue posible que no saltara ninguno de los dispositivos de seguridad del museo.

La chica se recuperó once horas después y afirmó no haber visto a nadie durante la noche.

El joven, detenido en comisaría, corroboró lo dicho por ella.

El detective Aitor Larramendi había recuperado las rosas marchitas que componían el ramo de novia. Mientras, había ido encontrando los restos de gasa y tela del vestido nupcial desparramado por las diversas salas.

Flotaban aún en el aire los sentimientos de amor compartidos durante la noche. Pero al no haber resto de alcohol o cerillas, sólo podían castigarlos por permanecer en el recinto del museo horas después del cierre.

La joven confesó al detective que fue la lluvia que caía en la ciudad la que les obligó a cobijarse dentro del edificio. Sin embargo no recordaba el nombre del joven, Pedro Berastegui.

Ninguno de los dos estaba muy seguro de haber entrado al museo cuando aún estaba abierto al público. Aseguraron a Larramendi que parecía cerrado. Pedro incluso le explicó que simplemente empujaron las puertas y entraron. Así de sencillo. El director del museo aseguraba que eso era totalmente imposible.

El joven tampoco conocía el nombre de la chica, Elena Etxebarría. Pero le pareció igualmente hermoso, como le sucedió a ella al conocer el nombre de él.

El detective concluyó que no se conocían previamente, y que no hubo premeditación ni alevosía en su actuación de aquella noche.

Elena Etxebarría debería haberse casado con su novio de toda la vida, según pudo averiguar Larramendi. Pero abandonó corriendo la iglesia y terminó conociendo a Pedro en un bar. Él se enamoró sin remedio y al instante de sus ojos verdes y de ella, y como comenzó a caer la lluvia y no encontraban más lugar que el museo, entraron, y comenzó esa noche de locura.
Todo era extremadamente raro. Ninguna cámara de seguridad les había podido grabar y la idea de que el museo estuviera embrujado sugerida por Elena, no convenció en absoluto al detective. Pero todos rumoreaban la imposibilidad de haber creado algo tan bello, sin haber pactado previamente con las fuerzas ocultas.

Lo cierto es que Elena confesó al detective que no recordaba haber pasado la noche en un museo. Parecía más bien un palacio de cristal. Y fue imposible meterles en la cárcel. Su delito había sido sólo de amor.

[Isabel Allende - Los amantes del Guggenheim]








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Murcia - Alicante

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