
Abelardo nació en 1079. Era un joven apuesto e inteligente, dedicado a la filosofía. Llega a París y conquista rápidamente una brillante reputación.
Abelardo, que vivía en casa de Fulberto, sedujo a Elosía bajo el pretexto de cultivar su formación filósofica. Y allí, viviendo bajo el mismo techo y pasando largas horas juntos, comienza la pasión y la tragedia.
Fulberto le había pedido que fueraa estricto con ella y que si era necesario le pegara… así que para completar el engaño, ella cada tanto gritaba para contento de su tío que creía que la estaba castigando…
Finalmente Fulberto los sorprende y los obliga a separarse.
Al poco tiempo, Eloísa le escribe a Abelardo con la noticia de que estaba embarazada, Abelardo decide raptarla y huyen a París, donde nacerá Astrolabio.
Para compensar la vergüenza de Fulberto, Abelardo decide casarse con Eloísa sin consultarle. Ella solo aceptará por amor, no por convicción ya que estaba abiertamente en contra del matrimonio, porque lo consideraba signo de posesión y no de amor, de interés y no de entrega. Pero acepta, por amor a Abelardo. Se casan secretamente en París, y enseguida vuelven a separarse para no volverse a ver nunca más.
Eloísa es enviada y recluída en la abadía de Argentuil, donde poco después tomará los hábitos. Fulberto pensaba que todo esto era una trampa de Abelardo, así que compra los servicios de un sujeto y manda a castrar a Abelardo mientras éste duerme.
Abelardo, ingresó en el convento de Saint-Denis aunque como consecuencia de sus ideas y discusiones teológicas, fue rechazado por los monjes.
Desde ese momento se envían miles de cartas...
Abelardo murió en la abadía de San Marcelo, en Chalons-sur-Saone, el 21 de abril de 1142. Eloísa, reclamó su cuerpo.
Elosía murió en 1163.
En 1808 los restos de ambos amantes fueron depositados juntos en el Museo de monumentos franceses de París.
Finalmente, en 1817, ambos fueron depositados en una misma tumba, en el cementerio del Pere Lachaise, de la misma capital.
Abelardo y Eloisa, nunca dejaron de amarse apasionadamente y de pensar el uno en el otro. No pudieron morir juntos, pero protagonizaron la terrible desdicha de un amor imposible que si bien no les dio la felicidad de vivir uno cerca del otro, si les dio la de haberse sabido amados.
Él le dijo “vámonos”
“¿dónde?” le respondió llorando ella.
Lejos del altar mayor
en el velero pobretón de una botella...








