jueves, 28 de mayo de 2009

Pájaros de Portugal


Eloísa y Abelardo son, tal vez, los más célebres amantes de la Edad Media. Su historia se conoce por la correspondencia y el relato de sus infortunios divulgados durante siglos hasta la actualidad y considerada como uno de los primeros ejemplos documentados de confesión amorosa en clave, es decir, confesada por un escritor usando sus obras como medio.

Abelardo nació en 1079. Era un joven apuesto e inteligente, dedicado a la filosofía. Llega a París y conquista rápidamente una brillante reputación.

Eloísa, nacida en 1101, era una joven famosa por su belleza y su refinada cultura, sobrina de Fulberto, canónigo de París.

Abelardo, que vivía en casa de Fulberto, sedujo a Elosía bajo el pretexto de cultivar su formación filósofica. Y allí, viviendo bajo el mismo techo y pasando largas horas juntos, comienza la pasión y la tragedia.
Fulberto le había pedido que fueraa estricto con ella y que si era necesario le pegara… así que para completar el engaño, ella cada tanto gritaba para contento de su tío que creía que la estaba castigando…

Finalmente Fulberto los sorprende y los obliga a separarse.

Al poco tiempo, Eloísa le escribe a Abelardo con la noticia de que estaba embarazada, Abelardo decide raptarla y huyen a París, donde nacerá Astrolabio.

Para compensar la vergüenza de Fulberto, Abelardo decide casarse con Eloísa sin consultarle. Ella solo aceptará por amor, no por convicción ya que estaba abiertamente en contra del matrimonio, porque lo consideraba signo de posesión y no de amor, de interés y no de entrega. Pero acepta, por amor a Abelardo. Se casan secretamente en París, y enseguida vuelven a separarse para no volverse a ver nunca más.

Eloísa es enviada y recluída en la abadía de Argentuil, donde poco después tomará los hábitos. Fulberto pensaba que todo esto era una trampa de Abelardo, así que compra los servicios de un sujeto y manda a castrar a Abelardo mientras éste duerme.

Abelardo, ingresó en el convento de Saint-Denis aunque como consecuencia de sus ideas y discusiones teológicas, fue rechazado por los monjes.

Desde ese momento se envían miles de cartas...

Abelardo murió en la abadía de San Marcelo, en Chalons-sur-Saone, el 21 de abril de 1142. Eloísa, reclamó su cuerpo.

Elosía murió en 1163.

En 1808 los restos de ambos amantes fueron depositados juntos en el Museo de monumentos franceses de París.

Finalmente, en 1817, ambos fueron depositados en una misma tumba, en el cementerio del Pere Lachaise, de la misma capital.

Abelardo y Eloisa, nunca dejaron de amarse apasionadamente y de pensar el uno en el otro. No pudieron morir juntos, pero protagonizaron la terrible desdicha de un amor imposible que si bien no les dio la felicidad de vivir uno cerca del otro, si les dio la de haberse sabido amados.






Él le dijo “vámonos”
“¿dónde?” le respondió llorando ella.
Lejos del altar mayor
en el velero pobretón de una botella...

sábado, 23 de mayo de 2009

Elogio de los Pésoles. Laudatio Pisilorum



Hace muchos años le preguntaron al chiquillo si le gustaban los guisantes. Él se encogió de hombros y respondió que jamás los había probado. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió, a la hora de comer, que los tales guisantes no eran otra cosa que los pésoles de toda la vida, e inquirió por qué les ponían a las legumbres apelativos tan raros y novedosos. Le explicaron que así los llamaban los de Madrid, de donde se deducía que aquella denominación era más elegante, pero a él le siguió gustando más la de pésoles por ser palabra esdrújula y, por ende, más sonora, como cítara, sílfide o música. Seguramente ningún crío de ahora, y pocos entre los mayores, sabrá lo que es un pésol, palabra, por cierto, más culta que la de guisante, pues deriva directamente del latín pisulum, que es como los romanos llamaban a esta hortaliza. También es verdad que los pésoles de antaño apenas comparecen hoy en el condumio, por su elevado precio, y esas postas loberas, que nos venden congeladas en bolsas de plástico, no merecen el antiguo nombre, ya que parecen más bien garbanzos de cocido teñidos con colorante; cualquiera sabe si, en realidad, lo son.

El tiempo de los pésoles era por ahora, cuando el invierno comenzaba a envejecer y los rigores cuaresmales anunciaban ya, en el horizonte, el triunfo de la primavera. Se compraban siempre en su vaina y los zagales, sentados en la mesa camilla, y escuchando los cuentos de la radio, teníamos que colaborar en la trabajosa tarea de desgranarlos, siempre bajo vigilancia, porque, al menor descuido, nos comíamos crudas aquellas rodantes esmeraldas, tan tiernas y dulces, que nos traían a la boca el húmedo frescor de las noches invernizas. Así como las habas son mozas lozanas y carnales, que apetecen el maridaje de companajes recios, como el tocino entreverado, la saladura o el embutido, son los pésoles damiselas delicadas y finústicas, proclives al idilio con manjares más comedidos y elitistas.

Tengo para mí que a alguna náyade u ondina, de las que habitan los umbríos lagos verdes de las leyendas románticas, se le rompió el collar de pésoles, que rodeaba su torneado cuello, y se le derramaron las cuentas, para gloria de la gastronomía y regodeo de los paladares. Aunque también podría ser que fueran las glaucas pupilas de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, las que encandilaron a la planta y le hicieron imitarlas. Quizá la armonía de las esferas, de la que habla Platón, no tenga sólo su reflejo en el deambular de los cuerpos celestes, sino también en estas mínimas y humildes canicas vegetales, que tan armoniosamente circundaban a los alcaciles, en las menestras de vigilia, verdeaban en las, hoy casi olvidadas, cazuelicas de ternera en salsa y jaspeaban el redondo as de oros de las tortillas.

[A. Díaz (Periódico La Verdad)]

lunes, 18 de mayo de 2009

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...muera la muerte...

martes, 12 de mayo de 2009

miércoles


Fue un vigilante nocturno quien encontró a los amantes dormidos y abrazados entre el barullo de telas del vestido de la novia.
Estaban en una de las salas del Museo Guggenheim de Bilbao, y según los jóvenes habían pasado allí toda la noche.

Por su parte, los vigilantes nocturnos, sumamente indignados, no podían más que negar la evidencia.

Lo cierto es que no llegó a saberse con exactitud cómo entraron, y cómo fue posible que no saltara ninguno de los dispositivos de seguridad del museo.

La chica se recuperó once horas después y afirmó no haber visto a nadie durante la noche.

El joven, detenido en comisaría, corroboró lo dicho por ella.

El detective Aitor Larramendi había recuperado las rosas marchitas que componían el ramo de novia. Mientras, había ido encontrando los restos de gasa y tela del vestido nupcial desparramado por las diversas salas.

Flotaban aún en el aire los sentimientos de amor compartidos durante la noche. Pero al no haber resto de alcohol o cerillas, sólo podían castigarlos por permanecer en el recinto del museo horas después del cierre.

La joven confesó al detective que fue la lluvia que caía en la ciudad la que les obligó a cobijarse dentro del edificio. Sin embargo no recordaba el nombre del joven, Pedro Berastegui.

Ninguno de los dos estaba muy seguro de haber entrado al museo cuando aún estaba abierto al público. Aseguraron a Larramendi que parecía cerrado. Pedro incluso le explicó que simplemente empujaron las puertas y entraron. Así de sencillo. El director del museo aseguraba que eso era totalmente imposible.

El joven tampoco conocía el nombre de la chica, Elena Etxebarría. Pero le pareció igualmente hermoso, como le sucedió a ella al conocer el nombre de él.

El detective concluyó que no se conocían previamente, y que no hubo premeditación ni alevosía en su actuación de aquella noche.

Elena Etxebarría debería haberse casado con su novio de toda la vida, según pudo averiguar Larramendi. Pero abandonó corriendo la iglesia y terminó conociendo a Pedro en un bar. Él se enamoró sin remedio y al instante de sus ojos verdes y de ella, y como comenzó a caer la lluvia y no encontraban más lugar que el museo, entraron, y comenzó esa noche de locura.
Todo era extremadamente raro. Ninguna cámara de seguridad les había podido grabar y la idea de que el museo estuviera embrujado sugerida por Elena, no convenció en absoluto al detective. Pero todos rumoreaban la imposibilidad de haber creado algo tan bello, sin haber pactado previamente con las fuerzas ocultas.

Lo cierto es que Elena confesó al detective que no recordaba haber pasado la noche en un museo. Parecía más bien un palacio de cristal. Y fue imposible meterles en la cárcel. Su delito había sido sólo de amor.

[Isabel Allende - Los amantes del Guggenheim]








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Murcia - Alicante

lunes, 11 de mayo de 2009

:)


El olor a café por las mañanas. Las mantas del sofá por las noches. Los abrazos. Los guisos de mi abuela. El olor a salitre. Los calcetines de rayas. Andar descalza por la playa. Las velas de los barcos. Que sonrías. Una ducha muy caliente. El olor a suavizante de la ropa. Las fotos que hay en mi pared. Pintar. La colonia nenuco. No maquillarme. Los besos. Pasear. Las sandalias bajitas. Los vaqueros muy usados. Los atardeceres. Abrazarte. Que me abraces. Perder algo y encontrarlo. El zlotie que aparece siempre en el fondo del bolso. Vivir y dejar vivir. Las conversaciones mientras amanece. Las margaritas. El limón en la sopa. Oler un jazmín. El viento en la cara. Saltar en los charcos. El verde. Tumbarme en la cama después de un día duro y escuchar a Sabina mirando el techo de mi habitación.







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:)

jueves, 7 de mayo de 2009

Teodora de Bizancio


Vivió entre el 502 y 548 de nuestra era.
Pasó de ser una prostituta a la más poderosa y famosa emperatriz de Bizancio.
Prostituta como sus dos hermanas, todas ellas hijas de un cirquero de uno
de los barrios más pobres de Constantinopla. No había mucho más
donde elegir.

Teodora consiguió hacerse un hueco dentro de la prostitución a base de
“orgías y bacanales”. Hasta que se trasladó a Alejandría. Allí conoció a un
hombre de iglesia llamado Severo, que la introdujo en la doctrina monofisista.
Aprovechó para aprender muchas cosas porque Severo era un sabio, y ella
tenía una inteligencia natural excepcional.

Y ahí empezó a cambiar su vida. Después de conocerle, Teodora convivía
con sus antiguas amigas en el burdel que también había sido de ella, pero
empezó a trabajar en una hilandería. En esas estaba cuando ocurrió lo
impensable: Justiniano, hombre de
‘mil amantes, y amigo de todos los
placeres, compendio fiel del bizantino de su época, se enamoró de la prostituta
a la que decenas y decenas de hombres habían poseído’. Además de bellísima era
inteligente, valerosa y tenaz.

Teodora no se limitó jamás a ser una bella estatua en recepciones sino que
fue la mejor consejera del emperador; fue una genuina reformista social y dejó
una huella imborrable en la Historia en solo 45 años, la edad que tenía cuando
murió.

Por su directa intervención, derogaron -para siempre- la ley que impedía la
unión entre artistas y prostitutas con los hombres que libremente desearan
desposarlas.

Teodora logró que por ley los hijos e hijas, legítimos o ilegítimos,
tuvieran los mismos derechos, incluso ante la herencia (igualdad que se ha logrado en la
mayoría de los países durante el siglo XX).

Impulsó leyes para que las mujeres pudieran ser propietarias y heredar sumas
de dinero o propiedades y además mejoró el sistema de atención a la salud
femenina.

Inspiradas en ella aparecieron leyes que defendían la igualdad de la
mujer, el derecho al divorcio, la prohibición de castigos por adulterio, la
imposición de penas para los violadores, la posibilidad de abortar… y todo esto
hace nada menos que 1.500 años.

Nunca, nunca olvidó la situación de las mujeres que ejercían la prostitución;
Ella conocía de primera mano el sufrimiento que conlleva esa vida. No paró
de intentar erradicarla; logró que se incluyera la persecución del proxenetismo
(antes protegido por la ley) y la definición de la prostitución como "un agravio a
la dignidad de las mujeres". Además, se encargó de crear planes de rescate
para jóvenes que habían sido prostitutas, rehabilitándolas para otros oficios. Y
a las que elegían casarse, se encargaba personalmente de concederles una
generosa dote.
Todo esto hace más de 1.500 años.

Sin embargo, el peso del estigma de la prostitución es tan grande, que 1.500
años después, se puede encontrar esta representación de Teodora.


[adapt. de un texto de N.Parrón]







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Leyendo para redactar la tesis... me encuentro con cosas, como ésta...

domingo, 3 de mayo de 2009

Droga legal






En España cada año mueren más de 50.000 personas debido al consumo de tabaco; más que por los accidentes de tráfico y el consumo de drogas ilegales juntos.


















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Ganas de...
Coger todos los paquetes de tabaco de la gente que quiero y tirarlos a la basura.


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